miércoles, 11 de mayo de 2011

2011-45: "El Rostro de la Muerte", de Cody McFadyen

Monstruos en el abrevadero


Título: "El Rostro de la Muerte"

Título original: "The Face of Death"

Autor
: Cody McFadyen.

Editorial
: Umbriel.

Año
: 2007 (2009, de la edición en español).

Páginas
: 505.

Género
: Novela negra.


Frase promocional:
"Segunda novela del autor que le dio una nueva dimensión al suspense."


Sinopsis:

La agente especial Smoky Barret está acostumbrada a lidiar con el lado más espantoso del alma humana: ella misma lleva en su cuerpo y en su espíritu horribles cicatrices, resultado de sus encuentros con los asesinos en serie a los que ha dado caza. Pero esta vez se encuentra con un horror envuelto en un enigma: Sarah, una adolescente, aparece empapada en sangre en medio de los cadáveres mutilados de su familia adoptiva. Entre balbuceos, asegura que el extraño los ha matado… y que no es la primera vez que sucede. A medida que trata de acercarse al corazón de la joven, Smoky descubre una historia de increíble crueldad. La historia de una venganza que se remonta a los primeros años de la vida de Sarah, y que incluye la muerte de todos aquellos a los que, en algún momento, la muchacha ha llegado a querer en la vida. Smoky y su equipo del FBI se enfrentan a su peor reto, una mente calculadora y despiadada, un ángel convertido en demonio.

Con El hombre sombra, Cody McFadyen llevó el género del thriller de asesinos en serie más allá de lo que ningún autor se había atrevido a hacer. El rostro de la muerte nos devuelve a su protagonista, Smoky Barret, envuelta en una espiral de tensión que nos obliga a contener el aliento hasta el brutal desenlace.


Puntuación: 3/5

Aunque el género negro no es mi favorito, lo cierto es que soy bastante asidua a este tipo de novelas por un motivo de lo más simple: y es que, en general, se trata de lecturas amenas que cumplen a la perfección esa necesidad básica de entretenimiento que todos sentimos alguna vez. La trama puede ser más o menos compleja, centrarse en la resolución del misterio, en los aspectos judiciales o en los más psicológicos o sociales, pero por lo general se trata de un tipo de literatura que cumple bien el antedicho propósito. Una podría caer en la tentación de decir que su mayor virtud se encuentra, precisamente, en su condición de lectura ligera; pero es que, realmente, la temática propia del género se resiste al uso de tal adjetivo, más aún cuando nos encontramos ante una obra de las características de "El Rostro de la Muerte".

En efecto: "El Rostro de la Muerte" es un buen ejemplo de novela negra en lo que a trama se refiere, con su equipo del FBI, su inteligente asesino en busca de venganza, si bien sus motivaciones no están del todo claras, su puñado de víctimas y su buena dosis de suspense y tormento; no falta acción ni deducción, ni la correspondiente investigación más o menos compleja... Pero si por algo destaca esta novela es por su crueldad: una crueldad que no sólo se puede atribuir a la figura del asesino sino a la del propio autor, quien parece regodearse por momentos en las escenas más descarnadas, y que no sólo martiriza a Sarah, la joven víctima atormentada de turno, sino incluso y sobremanera a su propia heroína, la agente Barret.

Es Smoky Barret un personaje de esos que puede gustar más o menos pero no deja indiferente, si bien puede uno preguntarse hasta que punto resulta creible más allá de un contexto de ficción literaria. Una tía dura e inteligente, tanto en lo puramente cerebral como en lo emocional, con unas vivencias pasadas aún más duras: su marido y su hija fueron víctimas mortales de uno de sus asesinos objetivo; el mismo que la violó en su propia cama y desfiguró su rostro terriblemente, aunque fue otro el que torturó, violó y asesino a su mejor amiga, mientras su hija pequeña lo observaba. Una niña, Bonnie, que constituye a su vez uno de los personajes más interesantes y entrañables de la obra, una clara pincelada de optimismo entre tanta depravación, pues a pesar de haber sido testigo de la muerte de su madre, a cuyo cadáver permaneció amarrada hasta que fue rescatada, lo cual se traduce en una mudez a modo de secuela psicológica, y siendo perfectamente consciente y conocedora de todo lo acontecido a su madre adoptiva (la propia Smoky), da muestras de una percepción, sensibilidad e inteligencia más propias de un adulto curtido que de una niña de diez años.

Y es que si algo caracteriza a los personajes de Cody McFadyen es su condición de supervivientes, empezando por la agente Barret, siguiendo por la otra protagonista fundamental de la historia, Sarah, pero haciendo tal característica extensible a la práctica totalidad de los miembros de la Unidad de Crímenes Violentos de Los Ángeles que Smoky dirige: su amiga Callie, que lleva camino de convertirse en un doctor House adicto a la vicodina como consecuencia de las secuelas de aún otro ataque más de uno de los asesinos que el grupo persigue; Alan, el as de los interrogatorios, que ha visto puesta en peligro por su trabajo la vida de la persona a la que más quiere en el mundo, su mujer, la optimista Elaina (cuyos diálogos en ocasiones rozan los tópicos de la autoayuda), que además lucha contra un cáncer; y James, el misántropo prodigio, que comparte con Smoky su habilidad para introducirse en la mente de los asesinos y llegar a comprenderlos, y cuyo amor al trabajo se deriva, como no podía ser menos, de un trauma del pasado provocado por el asesinato de su hermana.

Lo dicho: crueldad a raudales... a tal punto que uno se pregunta qué es lo que mantiene realmente a todas estas personas en activo, cuando en la propia novela se hace hincapié en ese fenómeno por el cual tantos agentes del FBI y similares se jubilan a una edad temprana. ¿Es que acaso los personajes de McFayden son una suerte de superhombres y supermujeres (sobre todo esto último) y están hechos de una pasta más dura que el resto de los mortales? Es precisamente este aspecto uno de los más discordantes en esta novela de tono un tanto desigual, que no gana en interés hasta bien avanzada la historia, especialmente cuando el autor se permite y nos permite profundizar en la psicología de los personajes, especialmente en la de la propia Smoky, pues no por nada buena parte de la novela está narrada desde el punto de vista de nuestra heroína.

Será así como descubriremos que, a pesar de que su trabajo no la hace feliz, la agente Barret no renuncia porque sabe que es buena en lo qué hace, lo que se traduce en una suerte de obligación moral; pero que no por ello deja de dudar acerca de su propio futuro, pues en realidad se pasa buena parte de la historia sopesando opciones. Un dilema moral más, de entre los que se plantean en una trama que, a pesar de que un primer momento tiende a centrarse casi exclusivamente en lo violento y desagradable, encierra más de lo que parece a simple vista.

La alternancia de puntos de vista, entre la tercera persona elegida por Sarah para distanciarse de su propio pasado, el cual narra en su diario, y la directa primera persona de nuestra narradora principal, la propia Barret, constituye un acierto en gran medida, una vez que uno supera el bache inicial y se habitúa al estilo narrativo de McFadyen, el cual no está libre tampoco de esa irregularidad antes mencionada, si bien la abundancia de diálogo siempre resulta un pro en esta clase de historias, pues facilita en gran medida la comprensión del proceso de investigación tanto como la propia lectura.

En definitiva, pues, una trama interesante aunque por momentos incómoda (no me extraña que alguien haya llegado a decir que el propio Cody McFayden es todo un psicópata en potencia, aunque siempre desde el punto de vista literario y especulativo), que atrapa de forma gradual al lector y mantiene vivo su interés prácticamente en todo momento, incluso a pesar de que el desenlace no sea del todo imprevisible y uno no llegue a estar del todo convencido de la necesidad de tal despliegue de violencia y crueldad. Una historia retorcida de vengaza y supervivencia, con mención especial para algunos de los personajes, pues aunque también estos sean desiguales en su desarrollo, siempre puede uno encontrarse con desconcertantes sorpresas como la peculiar Kirby, la jovial guardaespaldas, ex-asesina, más parecida a una Barbie que a un GIJoe


Mujeres en negro

Es curioso decir esto a las alturas que estamos (siglo XXI y todas esas cosas) pero enfrentada a un personaje como Smoky Barret, la jefa metro y medio de la Unidad de Crímenes Violentos de Los Ángeles, he caído en la cuenta de una cosa: la mayoría de las grandes series de género negro protagonizadas por agentes de la ley tienen toque masculino. Y no hablo, por supuesto, del sexo de su autor, pues ahí están grandes nombres como los de Donna Leon, Patricia Highsmith o la propia Agatha Christie para desmentir tal cosa, sino a la propia cuestión de género de su protagonista principal.

Y es que, en efecto, parémonos a pensar un segundo: dejando a alguna detective que otra aparte, ¿acaso no son casi todas las féminas de ficción más relevantes en el género forenses, psicólogas especialistas en conducta y afines, antes que mujeres de acción en el sentido más puro y literal del término?

* Hay excepciones, por supuesto, como el caso de las novelas de Sara Paretsky, protagonizadas por V.I. Warshavsky, la mujer policía de Chicago. Una serie de novelas que son en la actualidad clásicos del género, y en la que esta autora no sólo ofrece al lector historias bien construidas y potentes, sino que además se adentra precisamente en el tema de la lucha de las mujeres por tener espacio en profesiones donde la masculinidad parece tener la exclusividad, como detective o policía. Y todo ello de la mano de un personaje tan duro como humano, al que guía más el corazón que la cabeza, y el sentido de la justicia y la lucha contra las desigualdades o la defensa de los desfavorecidos mucho más que la necesidad de enfrentarse a asesinos violentos sin mejor motivo o justificación que el hecho de que la violencia vende. Una suerte de Warshavsky contra el mundo...

* Un caso similar a este es el de la comandante de policía de Moscú Anastasia Pávlovna Kaménskaya, alias Nastia, en las novelas de Alexandra Marinina, las cuales destacan sobre todo por su certera visión de una Rusia postsoviética en la que las obras completas de Marx y Lenin han sido sustituidas en las estanterías por libros de economía, finanzas e informática y la mafia, los asesinos a sueldo y las armas sin control han complicado la monotonía del trabajo policial. Una sociedad que ha dado un giro de 180º, donde la élite policíal, antes orgullo del país, ha sido dejada de lado y los abogados y economistas, antes meros burócratas, se han convertido en los amos del cotarro... todo ello expuesto desde un punto de vista aparentemente objetivo, y sin caer en ese tono crítico acerca del pasado del país al que tan proclives son algunos escritores. Por cierto que Marinina es ucraniana, no rusa; y el personaje de la poco agraciada y sufridora Nastia (sus dolores de espalda llegan a ser tan omnipresentes que llegan a resultar cansinos, según parece, a algunos de los lectores de sus seis novelas), tan popular entre sus compatriotas que la televisión rusa ha rodado una serie protagonizada por esta excepcional mujer.

* En España, por supuesto, también tenemos buenas representantes de esta clase de mujeres en negro, como la inspectora de policía Petra Delicado de Alicia Giménez-Bartlett, a la que Ana Belén dió vida en la pequeña pantalla acompañada por Santiago Segura en el papel de su segundo, el subinspector Fermín Garzón; porque, como a todos se nos hace más que evidente, esto de los tándems da mucho juego, si bien es cierto que muchas veces parece que el personaje femenino suele ser el secundario de la pareja, a diferencia de lo que sucede en este caso. Otro ejemplo patrio de tándem policial, sin ir más lejos: Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, insignes miembros literarios de nuestra castiza Guardia Civil creados por Lorenzo Silva, una de cuyas aventuras más conocidas es "El Alquimista Impaciente", si bien estos sesudos agentes de la Ley van ya por su sexta novela.

* Aunque de vida literaria más corta, otro ejemplo con matices de mujeres en el género negro que no se limitan a la especulación es el de la Clarice Starling de "El Silencio de los Corderos" y "Hannibal", de Thomas Harris, personificada en el cine por Jodie Foster y Julianne Moore respectivamente. Un personaje más inolvidable probablemente por tales adaptaciones cinematográficas y por su peculiar relación con la más interesante figura del asesino canibal que por sí misma, sin que por ello deje de ser un buen personaje del género; aunque reconozco que digo lo de con matices porque, en efecto, el interés principal de Clarice como estudiante en la Academia del FBI en sus inicios es precisamente la vertiente psicológica que se centra en el estudio del comportamiento de los asesinos.

* Luego, por supuesto, están los detectives: esos investigadores privados cuya labor, al fin y a la postre, no resulta menos valiosa o interesante por el mero hecho de que su talento sea mercenario; lo cual, por otra parte, hace que sus clientes pertenezcan por lo común a un determinado estrato social que, no obstante, no por más favorecido deja de tener problemas. Y si hablamos de féminas en la profesión, pues al fin y al cabo ese es el tema de hoy, imprescindible sin duda mencionar a la Kinsey Millhone de Sue Grafton y su famoso alfabeto criminal. Una ex-policía, dos veces divorciada, con tendencia a resultar simpática acaso por esa costumbre suya de reconocer a las primeras de cambio que está un poco enamorada de su casero octogenario. Una chica atlética que apenas cuida de su aspecto y se corta el pelo a tijeretazos, adicta a la comida basura y cuyo plato estrella son los bocadillos de pepinillos con manteca de cacahuete... en definitiva, el típico detective desastre en versión femenina: porque algunas cosas nunca cambian, y parece una verdad universalmente aceptada que los lectores simpatizamos más con los personajes imperfectos que con aquellos que de tan idealizados acaban por resultarnos antipáticos por irreales.

* En otras ocasiones, como decíamos, las mujeres protagonistas de novelas de género negro lo son por su condición en cierta forma menos activa, aunque por supuesto no es más que una forma de hablar, de antropólogas forenses; profesión en la que sin duda destacan dos nombres por encima de cualquier otro: el de la ya casi mítica Temperance Brennan de "Bones" (aunque lo suyo sería decir de las novelas de Kathy Reichs) y la no menos famosa en lo literario Kay Scarpetta, creada por Patricia Cornwell. Por supuesto, dejando a un lado lo puramente profesional y el hecho de que ambos personajes destaquen por la meticulosidad en su trabajo, poco tiene que ver la rubia Scarpetta con la fría Brennan, aunque ambas son igual de consistentes como heroínas del género.

* Y luego, por supuesto, están aquellos casos en los que la figura femenina se presenta en principio como mera comparsa de su marido investigador; o, al menos, así han de parecer las cosas de cara a una sociedad en la que las mujeres aún tenían un papel muy concreto, como sucede en las novelas de ambientación victoriana de Anne Perry, ya sean las aventuras del inspector Pitt, muchos de cuyos casos jamás se resolverían sin la ayuda de su aguda esposa Charlotte, o las del inspector Monk y la enfermera Hester. O, más recientemente, y más probablemente por introducir la vertiente familiar que otra cosa, tenemos el caso de Camilla Läckberg y su Erica Falck, esposa del policía Patrick Hedström... Aunque en realidad no me encuentro en condiciones de juzgar el verdadero papel, relevante o no, de este personaje femenino, puesto que en la única novela que me he leído de la escritora sueca lo cierto es que no puede decirse que su participación fuese crucial para la resolución del misterio; pero no sé si puede decirse lo mismo de los anteriores casos de Hedström, si bien este ya cuenta con un equipo de trabajo lo suficientemente amplio como para que tal cosa sea realmente plausible o, en todo caso, necesaria.

¡En fin! Que seguramente me habré dejado una buena cantidad de ejemplos de mujeres más o menos relevantes dentro del género en cuestión, pues al fin y al cabo ya digo que no soy precisamente una experta en el negro literario y cada uno tiene sus propias referencias. Claro que, como de costumbre, tampoco es plan de hacer toda una tesis sobre el tema, por más que ya nos hayamos extendido más que un poquito, y los botones habituales tendrán que servir una vez más de muestra.


Otras obras del autor

"El Rostro de la Muerte" es la segunda novela de Cody McFadyen, quien irrumpió en el mundo literario con su impactante debut "El Hombre Sombra", primera novela de la serie protagonizada por la agente Smoky Barret, que en la actualidad cuenta ya con cuatro títulos, si bien sólo estos dos primeros se encuentran disponible en castellano hasta la fecha. Antes de eso, McFadyen se dedicaba a diseñar páginas web; en la actualidad, reside en California con su mujer, su hija y sus dos perros labradores negros conocidos como "Las Fuerzas Negras de la Destrucción" ('The Black Forces of Destruction'). Bebe ingentes cantidades de café, toca la guitarra bastante mal, lee vorazmente y, según dice en su página web, aborrece los adverbios... y, pensándolo bien, debe ser cierto, porque no abundan en "El Rostro del Mal". ¿A ver si va a ser por eso que su estilo narrativo no me acababa de convencer del todo?

Por cierto que respecto a su primera novela, en la que se introduce al personaje de Smoky Barret, más de una vez me he preguntado a lo largo de la lectura de la que hoy nos ocupa si acaso sería en ésta en la que tenían lugar todas esas vivencias pasadas a las que en "El Rostro de la Muerte" se alude habitualmente: el asesinato de su marido y su hija y su propia mutilación, el asesinato de su mejor amiga y la consecuente tortura de su hija adoptiva, Bonnie, o el acoso a su amiga y compañera Callie (por cierto que su verdadero nombre es Calpurnia), cuya secreta maternidad de juventud es sacada a la luz por el psicópata de turno con devastadoras consecuencias, como no podía ser de otro modo tratándose de un escritor que, como McFadyen, muestra una abierta tendencia a regodearse en lo cruel.

Supongo que, en términos generales, y teniendo en cuenta lo que por ahí se puede leer acerca de la trama de esa primera novela, la respuesta es no: Smoky Barret es un personaje al que conocemos después de la devastación, con mucho recorrido a sus espaldas, y quizá es ahí precisamente donde reside su interés como tal, si bien siempre resulta interesante a su vez conocer el antes y el después, tanto por esa tendencia natural que tenemos los humanos por saber (lo que podríamos llamar simple curiosidad, hablando en plata) como por lo reveladora que suele ser la evolución del personaje y sus reacciones ante semejantes circunstancias.

En efecto, en "El Hombre Sombra" un cuerpo lleno de cicatrices y pesadillas cada noche es todo lo que le queda a Smoky. La mejor jefa de equipo del FBI nunca imaginó que ella también sería una víctima, que una noche un maníaco entraría en su casa y mataría a su marido y su hija. Aunque ella misma acabó con el asesino, ahora sólo le queda una soledad insoportable. Sin embargo, descubre otro buen motivo para vivir: otro psicópata, que se considera a sí mismo descendiente de Jack el destripador, está dejando un reguero de cadáveres. Smoky reúne a su viejo equipo y vuelve a convertirse en una eficaz cazadora. Pero su presa parece saberlo todo sobre ella: escarba en sus secretos más íntimos y saca a la luz recuerdos a los que nadie podría enfrentarse sin perder la cordura...

Por lo que dicen por ahí (siendo 'ahí' la red, por supuesto) una historia que tiene mucho que ver con "El Rostro de la Muerte", tanto en la habilidad de McFadyen para mantener la intriga y el suspense, como por la profusión de escenas truculentas... y hay que recordar que, estando como estamos tan de vuelta de todo hoy en día, cuando todo el mundo insiste en utilizar este término, por algo será. Avisados quedáis, aunque para mí el uso de tal concepto tiene más que ver con la brutalidad y la crueldad del autor para con sus personajes que con lo puramente desagradable o escatológico, todo sea dicho.


Te gustará si te gusta... "El Hipnotista" de Lars Kepler, que en realidad es el pseudónimo que utiliza el matrimonio sueco formado por Alexander Ahndoril y Alexandra Coelho Ahndoril para publicar sus novelas; y utilizamos el plural porque aunque la que hoy nos sirve de paralelismo fue la primera, recientemente se ha publicado en España su segunda obra, "El Contrato".

"El Hipnotista" es una muy interesante historia de género negro de ésas que no dejan indiferente, y en la que los giros argumentales están perfectamente construidos, de tal forma que las cosas no son lo que parecen en un principio, y lo que empieza como un curioso caso de parricidio, termina convirtiéndose en una historia más de venganza que hunde profundamente sus raíces en el pasado del protagonista, el médico e hipnotizador Erik Maria Bark, a pesar de que en un principio su participación en todo el asunto parece poco menos que puramente circunstancial.

En Estocolmo, una familia es asesinada. El único superviviente de la masacre es Josef, el hijo de la familia que tiene sólo 15 años. También sobrevive Evelyn, su hermana mayor, que se ha salvado porque vive en una casa en el campo. Erik Maria Bark es médico e hipnotizador. La noche del asesinato el comisario Joona Linna, encargado de la investigación, le llama para que someta a Josef a una sesión de hipnotismo en el hospital de Estocolmo, donde está ingresado. Unos días más tarde el hijo de Erik Maria Bark, Benjamin, es secuestrado de su propia cama. Erik emprenderá la búsqueda de su hijo junto a Linna, Simone, su mujer y su suegro Kennet Sträng... Juntos intentarán resolver estos dos misterios...

Lo dicho, una lectura recomendable, especialmente para amantes del género, pero no sólo para estos, por su originalidad, tensión narrativa y habilidad para no dejar indiferente, bien escrita y construida y con personajes interesantes.


El paralelismo final...

Que ya se sabe: no pueden faltar. Y es que ese afán que tiene el malo de la historia por considerarse a sí mismo un artista, siendo Sarah la obra en cuestión, esculpida a su imagen y semejanza, me ha recordado por una simple analogía de conceptos a esa novela de Jonathan Satlofer de revelador título: "El Artista de la Muerte".

“El artista de la muerte” es el apodo que se le ha dado a un asesino en serie que está actuando en la ciudad de Nueva York. Cualquier persona relacionada con el mundo del arte puede convertirse en su nueva víctima. En sus asesinatos recrea cuadros famosos: “La Muerte de Marat” de Jacques-Louis David o “El Desollamiento de Marsias” de TizianoKate Mckinnon, una ex policía convertida ahora en una prestigiosa e importante historiadora de arte, es la encargada de intentar descubrir al asesino. Éste deja mensajes en clave que sólo ella es capaz de descifrar por lo que se da cuenta de que todo este asunto puede estar relacionado directamente con ella...

Del mismo modo, por cierto, que en "El Rostro de la Muerte" el caso está más relacionado con la policía de Los Ángeles de lo que a simple vista puede parecer... y hasta aquí puedo leer, como decían en el "Un, dos, tres..." Así que simplemente diremos, para terminar, que la de Satlofer es una típica novela del género, entretenida pero tampoco especialmente memorable, bastante típica en muchos aspectos aunque al menos mantiene bastante bien las sospechas del lector y sus dudas respecto a la verdadera identidad del asesino.

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Proximamente: "Shogún", de James Clavell.

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